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Gestión Empresa

Cómo ejercer el liderazgo desde la ética

Metamorfoseados en líderes y sabedores de tener la sartén por el mango, algunos jefes neófitos en el arte del liderazgo ven cómo brotan en sus entrañas peligrosas y maliciosas tendencias huérfanas de todo sentido de la ética.

Sin embargo, el poder, ese que algunas personas digieren tan mal, no corrompe a todo el mundo. Hay determinados rasgos de las personalidad que atraen como un imán a la ética (para que ésta eche anclas en último término en el liderazgo).

De acuerdo con un reciente estudio de Harvard Business Review, quienes desean ejercer el liderazgo desde la ética (y resistir, por ende, la tentación del abuso y la corrupción) deberían hacer suyos estos consejos:

1. Sea humilde, no carismático

Es completamente natural que nos sintamos atraídos hacia aquellas personas que percibimos como graciosas, divertidas y ocurrentes. Tiene todo el sentido del mundo que los líderes necesiten una pizca de carisma para destacar entre la multitud. El carisma es, de hecho, una valiosa herramienta a la hora de engarzar una determinada misión en el día a día de quienes trabajan en una organización.

Sin embargo, el carisma elevado a la máxima potencia puede ser altamente contraproducente y desconectar al líder de sus subordinados, que se lamentarán de que quien dirige sus designios laborales haga hincapié única y exclusivamente en sus propias ideas y preocupaciones.

Cuando el carisma se transforma en egocentrismo puro y duro, el líder puede acabar perdiendo de vista lo que es mejor para la organización para posar sus ojos en lo que le interesa a él personalmente (sin velar por el bien común).

2. Sea una persona seria y confiable

Algunas personas son encumbradas al liderazgo gracias al carisma. Sin embargo, a la hora de dirigir a un equipo de personas, la confianza, la responsabilidad y la capacidad de ajustarse a las normas (siempre que toque) son mucho más importantes que el carisma.

Quienes ejercen de líderes tienen en sus manos una colosal cantidad de autonomía y de poder a la hora de tomar decisiones.

Por eso quienes están ungidos con semejantes niveles de poder deben asegurarse de no extraviarse por el camino, de ser fieles a la palabra dada y de hacer siempre lo mejor para la organización.

Para ganarse la confianza de su equipo un buen líder debe practicar la prudencia, asumir riesgos de manera calculada y adherirse a los principios de la organización en la que está imbricado.

3. Recuerde que la modestia es su mejor política

A veces trabajar con un jefe con un estilo desenfadado puede convertirse en una auténtica bendición para aquellos que conforman su séquito. Aun así, y diversiones al margen, a quien está en una posición de mando hay exigirle siempre un mínimo de responsabilidad y de profesionalidad.

En este sentido, arrogarse la etiqueta de “jefe divertido” puede deslustrar a largo plazo la capacidad de liderazgo de quien así se califica a sí mismo.

De vez en cuando es necesario que el jefe (cobijándose bajo la sombra de la molestia) deje de estar permanentemente bajo los focos y mantenga cierta distancia con su equipo. Asumiendo este tipo de comportamiento, el líder enviará a sus subordinados señales de profesionalidad y seriedad (que desembocarán en mayores niveles de confianza por parte de su equipo).

4. Trate de equilibrar el análisis con la acción

Aunque la gente aprecia que en la toma de decisiones se abran paso la razón y la lógica, es importante que los líderes no se lo jueguen todo a la carta de los datos y el análisis.

Invertir demasiado tiempo escudriñando y analizando datos puede zaherir la capacidad de los líderes de tomar decisiones importantes, en particular en aquellas situaciones marcadas por la urgencia y la inmediatez.

Un buen líder debe ser capaz de tomar decisiones y también de tomar acciones correctivas rápidamente (si la primera decisión se revela como errónea y no del todo atinada).

5. Esté siempre alerta, puesto que la vulnerabilidad no hace sino aumentar con el tiempo

Adaptarse a un nuevo puesto, especialmente cuando éste es muy visible y lleva aparejados elevados niveles de responsabilidad, no es fácil.

Durante los primeros meses quienes se estrenan como líderes pasan habitualmente mucho tiempo observando cuanto acontece a su alrededor. Y no pierden ripio de sus interacciones con los demás, en quienes tratan de dejar una buena impresión.

A medida que pasa el tiempo, los líderes se sienten más cómodos con cuanto les rodea y simultáneamente dejan de prestar atención a su propia reputación.

Habitualmente es los seis meses cuando los líderes se sienten más tentados de dar vía libre a su “lado oscuro” y emponzoñar quizás para siempre su devenir profesional.

Por eso, un buen líder no debe bajar nunca la guardia, debe estar siempre vigilante y buscar activamente el “feedback” por parte de los demás.

Vía: Marketing Directo

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