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Gestión Empresa

Por qué cuesta tanto arrancar la careta a las culturas tóxicas en las empresas

Hace algunos meses, y frustradas por las actitudes de algunos compañeros de trabajo, un grupo de empleadas de Nike llevó a cabo de manera totalmente anónima un encuesta que dejó al descubierto la discriminación de género y el acoso sexual que campaban libremente a sus anchas en el célebre fabricante de artículos deportivos

Los resultados de la encuesta llegaron a oídos del CEO de Nike y las consecuencias no se hicieron esperar. Un buen puñado a altos ejecutivos de Nike han sido desposeídos de sus cargos en la multinacional estadounidense en el transcurso de los últimos meses.

Que un grupo de trabajadoras haya llegado al extremo de realizar una encuesta a hurtadillas para poner de relieve los problemas que habían anidado en su compañía parece un gesto excesivamente dramático. Pero lo cierto es que la encuesta de marras fue para ellas el último recurso cuando, tras exponer lo que sucedía al departamento de recursos humanos de Nike, sus quejas fueron sistemáticamente ignoradas.

El caso protagonizado por Nike no es lamentablemente el único. En las empresas lastradas por culturas de tipo tóxico los problemas se entierran lamentablemente debajo del felpudo.

Si la gente no levanta la voz contra las culturas tóxicas dentro de las empresas, es fundamentalmente porque hacerlo entraña muchísimos riesgos. Desafiar el statu quo de alguien (sobre todo si ese alguien está posicionado en lo más alto de la escalera corporativa) pone en peligro del propio statu quo de quien alza la voz (y enciende inevitablemente los motores del miedo).

Quienes osan convertirse en altavoces de las malas prácticas empresariales se enfrentan también a la posibilidad de ser evaluados negativamente (y de manera injusta) por sus superiores y también a la eventualidad de ser castigados con tareas que nadie quiere asumir.

A todo ello se une que cuando una persona es víctima de un problema en el trabajo, aquellos que son testigos de sus vicisitudes rara vez intervienen, ya sea porque asumen que otros lo harán, ya sea porque están convencidos de que es algo que en realidad no les compete a ellos personalmente.

Cuando alzamos la voz al ser testigos de situaciones a todas luces injustas en el lugar de trabajo, no sólo demostramos coraje sino que influimos también en cuantos están a nuestro alrededor, asegura Francesca Gino en un artículo para Harvard Business Review.

La valentía emanada de la denuncia de situaciones abusivas en el lugar de trabajo puede motivar a quienes se limitan a ser meros observadores a sobreponerse al miedo y alzar también la voz. La motivación es particularmente fuerte cuando los observadores son personas que arrogan también a sí mismas el calificativo de víctimas.

De acuerdo con un estudio de la Universidad de Columbia,tendemos a mirarnos en los comportamientos (valientes) de otras personas cuando nos sentimos cercanos a tales personas y nos vemos reflejadas en ellas y en sus propias actitudes (no exentas de problemas).

Para arrancar la máscara a las culturas de tipo tóxico es preciso, más allá de una pizca de arrojo, pertrecharse de elevadas dosis de autenticidad, que debería correr a raudales por las venas de toda organización.

El silencio tiende a ser ponzoñosamente dominante en las organizaciones debido a la creencia compartida de que dar voz a temas de naturaleza sensible puede ser tan fútil como peligroso.

Por eso es tan importante que, si efectivamente desean zafarse de culturas recalcitrantemente tóxicas, las organizaciones se tomen la molestia de dejar claro a sus empleados que tomarán en estima sus sugerencias, sus opiniones y sus preocupaciones y que castigarán a aquellos que no acatan las normas y siembran el desasosiego dentro de la empresa. Sólo así aquellos que se sienten víctimas se aventurarán a hacer oír su voz, y con su voz convenientemente alzada, la “malas hierbas” acabarán siendo extirpadas dentro de la compañía.

Vía: Marketing Directo

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