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Gestión Empresa

Por qué el ego es el enemigo público número uno del liderazgo

Cuando se encaraman a la cúspide del liderazgo, muchos jefes tienden a aislarse y cuanto más se aíslan, más se infla (hasta el infinito y más allá) su propio ego.

Obnubilados por el ego, no pocos líderes terminan encapsulados en una suerte de burbuja y desconectados por completo de sus colegas, de la cultura de la empresa que dirigen y en último término también de sus clientes.

Cuando los ejecutivos escalan puestos en la escalera corporativa, quienes están a su alrededor están por lo general más prestos a complacerles y a procurar caricias a su ego. Y cuando el ego es agasajado con caricias, tiende también a crecer (a veces de manera desproporcionada).

El ego descontrolado tiende a distorsionar la perspectiva y también los valores de quien da cobijo a semejantes dosis de narcisismo. Cegados por el ego y por el hambre de poder, muchos líderes corren el peligro de perder el control. El ego hace a los jefes (y a todas las personas en general) más susceptibles a la manipulación, hace también más angosta su amplitud de mira, y corrompe su comportamiento (hasta el punto de hacerles actuar contraviniendo sus propios valores).

Cuando el ego anida en los líderes, estos portan metafóricamente una especie de diana en el pecho, y cuanto más grande es el ego, más vulnerables son los jefes a eventuales golpes.

Con el ego inflado, los jefes se lo ponen mucho más fácil a los demás a la hora de sacar tajada. El ego exige atención y por eso quienes son víctimas del narcisismo tienen más probabilidades de caer en las garras de la manipulación. El ego hace además a los líderes mucho más previsibles. Y cuantos están a su alrededor pueden aprovechar esta circunstancia para inocular en los jefes decisiones potencialmente perniciosas para ellos mismos, sus equipos de trabajo y su organización.

El ego excesivamente henchido pervierte igualmente el comportamiento. Cuando los líderes se contemplan a sí mismos como los únicos arquitectos de su éxito, tienden también a ser más groseros y más egoístas y a estar menos predispuestos a aprender de sus propios errores (que son por supuesto incapaces de reconocer).

Cuando el ego clava sus garras en los jefes, su visión tiende asimismo a nublarse. Al fin y al cabo, las personas egocéntricas van siempre en busca de información que confirme sus propias creencias. Y huérfanos de perspectivas distintas de las suyas propias, los líderes quedan atrapados en una espiral en la que sólo ven y oyen lo que quieren (y pierden, por lo tanto, el contacto con la realidad).

Zafarse del ego (en su vertiente más descontrolada) es una tarea tan importante como compleja para quienes se aproximan al liderazgo (y son para colmo de males bisoños en tales lides). Harvard Business Review recoge a continuación unos cuantos trucos para dejar K.O. al peligroso ego en las posiciones de liderazgo:

1. Considere los privilegios que lleva aparejados su puesto. Algunos de esos privilegios son poderosas herramientas para llevar a cabo su trabajo de manera eficiente. Pero otros privilegios son un mero instrumento para dar alas a su estatus y en último término a su ego. Intente renunciar a alguno de los privilegios adscritos a esta última categoría para cortar el paso al ego.

2. Rodéese de personas que no alimenten su insaciable ego. Fiche a gente inteligente con la suficiente confianza para dar voz a sus opiniones.

3. La humildad y la gratitud son ingredientes de suma importancia para el buen ejercicio del liderazgo. Ejercite estas importantes cualidades reflexionando todos los días sobre aquellas personas que han contribuido en mayor o menor medida a sus éxitos. Desarrollará así un sentido natural de la humildad (apercibiéndose de que sus éxitos no son deudores única y exclusivamente de usted) y estará también más predispuesto a mostrar su gratitud hacia quienes han tenido a bien asistirle en su camino hacia el triunfo.

Vía: Marketing Directo

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