La compasión también la necesitamos nosotros

Un umbral demasiado alto de autocrítica y una atención demasiado centrada en los errores puede ser una carga pesada para quienes se han acostumbrado a relacionarse así con ellos mismos. En este contexto, la compasión cobra un valor especial.

La compasión es una vacuna para el sufrimiento. Parte de un ejercicio realista, reconociendo la falibilidad de nuestra naturaleza e integrándola en el relato de nuestra historia. De nuestros errores devienen consecuencias indeseables, pero poco o nada podemos hacer para cambiar el pasado.

En este sentido, al practicar la compasión con nosotros mismos, mullimos un colchón frente al impacto emocional que pueden producir las consecuencias de un determinado error. Emplearla es un ejercicio de inteligencia emocional.

No somos unos inútiles; lo que sí sucede es que veces no somos útiles. No somos unos despistados; en ocasiones tenemos errores. No somos, actuamos; lo paradójico es que ahora tenemos la oportunidad de actuar de otra manera. En este sentido, gozamos siempre -a pesar de no poder cambiar el pasado- de la oportunidad de actualizar quienes somos.

¿Qué es la compasión?

Hablamos de un término complejo que abarca tres planos:

  • Plano emoción-motivación: la compasión, como las emociones, lleva asociada una energía para la acción. La despierta el sufrimiento y nos motiva a aliviarlo. Referida a nosotros, tiene mucho que ver con lo conectados o desconectados que estemos con nuestra parte más interna; aplicada a los demás, también tiene mucho que ver con lo conectados o desconectamos que estemos con ellos.
  • Plano conducta: tiene que ver con la propia acción, lo que llamaríamos ejecución de la compasión. La manera de tratarnos o de tratar a los demás. De cambiar o invitar a cambiar relatos que bajen la intensidad del sufrimiento. Las consecuencias de la actuación compasiva favorecen, de cara al futuro, el primer plano (emoción-motivación).
  • Plano cognitivo: incluye varios puntos.
    • La atención al sufrimiento ajeno.
    • La evaluación de ese sufrimiento.
    • La evaluación nuestras capacidades concretas para intervenir eficazmente y poder paliarlo en ese momento.


¿Qué es la autocompasión?

Kirstin Neff, una psicóloga que ha trabajo en este campo, describe tres pilares que la fundamentan para la práctica desde la óptica de la autocrítica y el sufrimiento. Esos pilares serían:

  • Tratarnos con amabilidad.
  • Aceptar las contradicciones y los conflictos, especialmente aquellos relacionados con la falta de consistencia –disonancia cognitiva-.
  • Sostener los pensamientos y sentimientos dolorosos en una atención consiente.

La compasión en terapia

Uno de los frentes de trabajo más frecuentes en terapia es precisamente el empleo de la autocompasión. Una revisión del pasado generosa con quien la realiza. Incluso, a veces, poco realista -el terapeuta es consciente de es poco realista-, pero muy útil para aliviar el sufrimiento de la persona.

Se trata de esas mentiras piadosas que nosotros también necesitamos. Dicho de otro modo, que nuestra definición necesita para ser una fuete de crecimiento y no un pesado lastre con el que cargar. Resaltar la intención o las dificultades, frente a un resultado que no fue el deseado. La persona puede pensar que defendió sus intereses, descartando el adjetivo de egoísta -con toda la carga semántica que tiene el término-. La persona puede pensar que expresó su enfado, sin utilizar el verbo ser.

Antes hablábamos de la desgracia de no poder modificar el pasado. La fortuna es que siempre estamos en posición de actualizar nuestra definición. De actualizar con honestidad, valentía, generosidad o amor propio -o todo lo contrario-. El desafío para nuestros valores es constante y el intento de alinear nuestra conducta con ellos una motivación muy poderosa.

El castigo con frutos muy pobres

¿En qué nos ayuda ser duros con nosotros mismos? ¿Qué nos aporta excluir a la compasión en nuestro diálogo interior? Quizás disminuyas la probabilidad de volver a cometer el mismo error agrandando la huella en la memoria de lo que ha sucedido. Sin embargo, para conseguir este mismo efecto no es necesaria “la tortura psicológica”, ponernos la toga de juez duro e implacable, mientras nos sentamos a nosotros mismos en el banquillo.

En muchas ocasiones, el precio es muy grande y el beneficio que obtenemos es muy poco. Haciendo balance, llamarnos inútiles o tontos de manera recurrente produce un daño mayor sobre nuestra autoestima que el incentivo que puede suponer en un momento determinado para corregir una conducta. Por ejemplo, para Gilbert, la autocrítica interna y el miedo al rechazo externo pueden volverse tan crónicos que pueden “acosar literalmente” a las personas hacia la depresión y la ansiedad.

Así, existe toda una modalidad de terapia centrada en la compasión. Es muy útil con personas que se caracterizan por ser perfeccionistas, que trabajan con expectativas muy altas, que no saben relacionarse con el fallo o el error y que tienden a reescribir el relato de su pasado destacando aquello que no lograron o las equivocaciones que se lo impidió.

Pensemos, en términos de bienestar, el cambio tan importante que puede suponer para alguien modificar la forma en la que se trata. Despedir a su juez interior y darse un tiempo. Reeducar su autocrítica. Abrir un espacio para que vea los efectos inmediatos que tiene sobre ella la ausencia de compasión.

Este artículo ha sido escrito y verificado por el psicólogo Sergio De Dios González

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