Esta es la historia de uno de los miles de negocios que han tenido que cerrar

Según las últimas previsiones de la Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos (ATA), antes de que termine el año más de 300.000 trabajadores por cuenta propia se verán obligados a echar la persiana de su negocio para siempre. Uno de los que no llegará abierto al 2021 es la confitería artesanal de María Jesús Peña, Trufas en Sinfonía.

Éste pequeño negocio abrió sus puertas en un centro comercial de Madrid hace apenas un año. María Jesús fue despedida, tras más de diez años trabajando para una editorial, lo que le llevó a emprender. “Te ves en la calle con 47 años y no sabes por dónde tirar. Pero junto con la indemnización que me dieron y la capitalización del paro en un pago único, lo tuve claro. Aunque crear mi propio negocio no fue algo improvisado. Estuve haciendo cursos, estudiando las opciones y preparándome”, aseguró esta autónoma.

“Si hubiéramos tenido más tiempo, no habríamos cerrado” confesó María Jesús. Trufas en Sintonía, su negocio, se fue cociendo en la cabeza de Peña desde junio del año pasado. En julio encontraron el local, en agosto hicieron las obras y consiguieron los permisos y el 13 de septiembre fue la inauguración.

“No empezamos mal. Hicimos en la inauguración una estrategia de marketing muy llamativa con un pianista para llamar la atención” recordó esta autónoma. Le siguieron entonces los meses de octubre, noviembre y diciembre en los que el negocio, a pesar de las dificultades, funcionaba.

En marzo, decidieron abrir una terraza para sacarle más beneficio a la heladería artesanal y, tan sólo diez días después, se decretó el Estado de Alarma y la cuarentena: “Estuvimos sólo seis meses abiertos”.

Su negocio – desde que se inauguró el 13 de septiembre del 2019, hasta este 24 de agosto, que terminó de vaciar el establecimiento – se ha convertido en uno de los cientos de miles de actividades que no van a sobrevivir a esta pandemia. Lo que en un principio empezó siendo un proyecto que ya empezaba a despuntar, ha terminado por convertirse en una fuente de gastos que Peña no puede asumir: “he pasado de tener la cuenta llena de dinero – con la indemnización, el pago único, los ahorros, el esfuerzo y la ilusión – a, en menos de un año, no tener ni para pagar a mi empleada, ni a mis proveedores. Y, una vez más, quedarme sin trabajo”.

Para ella, emprender este año ha sido como “abrir una tienda en medio de una guerra”.

La «tormenta» que le ha llevado al cierre

Al final, tomó la decisión de cerrar su negocio en pleno confinamiento: “durante la cuarentena fui asumiendo que debía cerrar, pero ahora llega la realidad y no es tan sencillo aceptarlo. Al contrario, da rabia porque todo el mundo que ha conocido mi negocio dice que teníamos un producto excepcional’. Pero no hay clientela suficiente como para mantenerlo abierto, necesito más tiempo para aguantar y no lo tengo”, reconoció Peña. Esta autónoma nos cuenta cuáles han sido los motivos que le han abocado al cierre de su confitería.

Pagar un alquiler en un centro comercial

Aunque no ha sido determinante, el hecho de tener el local dentro de un centro comercial ha sido uno de los aspectos que más influyó en la decisión de Peña, porque “la propiedad del centro comercial ha decidido no ayudarnos y nos reclama todas y cada una de las cuotas de estos meses” aseguró Peña.

Intentó negociar en varias ocasiones con la propiedad, pero que no consiguió llegar a ningún tipo de acuerdo: ni de reducción del alquiler, ni acordar el pago por un porcentaje de venta. “No esperaba que cargasen ellos con las dificultades de los pequeños negocios pero sí que, al menos, hubiesen echado una mano a sus establecimientos antes de verlos cerrar. Y más cuando ellos piden que les abonemos el 100% de nuestra obligación, pero ellos no nos garantizan el 100% de nuestros clientes potenciales”, denunció.

Peña es una de las pocas autónomas que consiguió acceder a la moratoria del alquiler. “Sin embargo, eso sólo es un pequeño respiro que sirve para unos pocos meses. Pasados abril, mayo y junio, tienes que seguir haciendo frente al alquiler como si todo volviese a la normalidad. El problema es que la situación no se ha normalizado”, aseguró.

Su situación es similar a la de otros pequeños negocios que se encuentran en centros comerciales, que abrieron más tarde que las tiendas a pie de calle y que están recibiendo menos visitas que otros años: “agosto siempre ha sido malo. Pero es que este año no hay nadie, pensé que se recuperaría un poco, pero en todo el mes he facturado 500 euros”.

A esto se le une el hecho de que parte de la clientela que recibía el centro comercial procedía de las oficinas que tenían cerca y cuyos empleados ahora están teletrabajando. «Ya no van al centro comercial. Una de las peluquerías, que lleva desde el principio en el centro comercial ha perdido el 45% de su facturación”, comentó.

No podía pagar la luz

A la caída de ventas, se le añade otro factor importante: los gastos mensuales que tiene la confitería.  “Durante el confinamiento, tuve que dar de baja la luz, porque no tenía los 400 euros necesarios para pagar la factura”, apuntó.

Peña calcula que tendría que facturar, como mínimo, 6.000 euros sólo para cubrir todos los gastos mensuales (local, sueldo de una empleada, pago del préstamo y proveedores). Todo ello, sin que ella obtenga beneficio alguno.



Las ayudas: un ‘arma’ de doble filo

A juicio de esta autónoma, las ayudas que existen para los emprendedores son como un ‘arma’ de doble filo pues, si bien suponen un alivio, lo cierto es que no puedes depender de ellas. “Sé que no puedes emprender contando con una ayuda, pero si te la venden y la solicitas, esperas contar con ella algún día. Tengo dos -una por contratar de forma indefinida y otra por comenzar la actividad – que aún no he cobrado”, señaló.

No haber cobrado estas ayudas agravó su situación. Criticó las subvenciones para reemprender o los avales ICO: “no puedes seguir pidiendo dinero que no tienes, para realizar los pagos. Se hace bola”. También el cese de actividad, prestación que calificó de «difícil acceso”.

No obstante, destacó la actitud de los bancos que le estaban ayudando con moratorias y carencias de tres meses en los pagos.

La letra pequeña

“El problema de cerrar no es sólo hacer frente a los problemas económicos, es descubrir la letra pequeña de todos esos pasos que has dado mientras has estado abierto”, confesó María Jesús Peña. En este sentido, apuntó a la cláusula de obligatoriedad del empleo de los ERTES durante seis meses. “Tengo una empleada en el ERTE. Y no la he sacado hasta ahora, porque creo que es lo mejor para ella, porque no tiene la culpa de la situación. Pero, cuando termine la duración del expediente, no podré contratarla seis meses, porque he quebrado”, reconoció.

Su cierre está aún por resolver. Según dijo, las gestorías se dividen entre quienes aseguran que tendrá que hacer frente a las cotizaciones sociales exoneradas (unos 4.000 euros), y quienes dicen que podrán despedir a su empleada justificando que desaparece el centro de trabajo. Se trata de una cuestión que sigue en el aire.

La otra letra pequeña a la que se enfrenta es a la que aparece en el contrato de alquiler. “El cerrar significa incumplir un contrato e incurrir en un procedimiento legal. Si no han atendido antes mis peticiones, no sé como va a ser la negociación de finalización del contrato”, se lamentó la autónoma.

Por último, se encuentra el hecho de que no puede darte de baja como trabajador por cuenta propia. El mantenimiento de dos años de alta en el Régimen Especial de Trabajadores Autónomos es una de las obligaciones que se exige a la hora de capitalizar el paro en pago único.

La tienda online: ¿una solución o más problemas?

Peña reconoció que iba aprovechar el seguir de alta en el RETA para continuar con la venta online de sus productos. “Tengo la página web a medio montar, porque cuando te metes tú sola en un proyecto así, no todas las patas del negocio van a la velocidad que a ti te gustaría. Aunque no creo que sea la solución, el tema de envío de comida a domicilio es muy complicado y requiere una serie de permisos de los que aún no dispongo.

 
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