Gestión del tiempo: es cuestión de calidad, no de cantidad

¿Las oficinas? ¿Los computadores? ¿El servidor? ¿El inventario? ¿El personal que te respalda? ¿Tu producto o servicio? Si te preguntara acerca de cuál es el activo más valioso de tu vida y de tu negocio, ¿qué me responderías? ¿Alguna de las anteriores? ¿Una distinta? ¿Cuál? Por favor, piénsalo unos cuantos segundos, en silencio, antes de que te dé una respuesta. Piénsalo…

¿Las oficinas? Como todo lo material, son algo circunstancial. Hoy estás aquí, muy cómodo, y mañana te vas para otro lado, quizás más grande. ¿Los computadores? Hoy, son indispensables para el trabajo y la herramienta más útil para mantenernos conectados con el mercado, con nuestros clientes. Sin embargo, también son perecederos por la obsolescencia programada.

¿El servidor? También es necesario en este mundo digitalizado, pero hay muchas empresas que ofrecen este servicio, algunas en excelentes condiciones (características, precio y servicio). ¿El inventario? Es valioso, pero solo te servirá en la medida en que logres vender. ¿El personal que te respalda? Es un activo muy valioso de tu negocio, uno que tienes que cuidar y cultivar.

¿Tu producto o servicio? Por supuesto, aquello que le ofreces al mercado es importante. Sin embargo, y esto no lo puedes olvidar, está supeditado a la calidad de la experiencia que estés en capacidad de brindar y, en especial, a los beneficios que le aporta a tu cliente. Todos son factores o componentes importantes de tu negocio, sin duda, pero ninguno es el activo más valioso.

Entonces, ¿cuál es? El tiempo, tu tiempo. Es lo único que jamás puedes recuperar. No puedes hacer que el reloj dé marcha atrás y no puedes detenerlo. Cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día que dejas pasar se va y no vuelve. Ni con todo el oro del mundo puedes comprar un segundo más de vida, así que nuestra tarea consiste en aprender a optimizar el tiempo del que disponemos.

Esta premisa, que se aplica a cualquier persona, es particularmente válida para un emprendedor. ¿Por qué? Porque una de las características de este estilo de vida es que, en teoría, tú eres el dueño de tu tiempo. Que suena bonito, pero que en la realidad, muchas veces, la mayoría de las veces, se traduce en algo nefasto. ¿En qué? En que te conviertes en esclavo de tu tiempo.

El gran sueño de una persona que hace la transición entre el ámbito laboral convencional, el del horario fijo de lunes a viernes, y un emprendimiento es ser dueño de su tiempoSin embargo, no es tan fácil: puede haber un largo y tortuoso camino entre decirlo y hacerlo. En especial, en la etapa inicial de tu emprendimiento, en la que por lo general la cantidad de tareas te desborda.

El problema, porque siempre hay un problema, es cuando esto se convierte en un hábito, cuando lo validas como un comportamiento y lo incorporas a tu rutina. ¿Qué sucede? Que de manera inconsciente buscas algo para mantenerte ocupado porque tu prioridad es no perder el tiempo. Y así se te va la vida, se consume tu vida y, lo más grave, te niegas la posibilidad de disfrutar la vida.

Entonces, aquella frase de “No tengo tiempo” se convierte en tu máxima. Programas tu mente para estar ocupado todo el tiempo y, de esta manera, eludir las culpas y las responsabilidades. Pero, no te das cuenta de que ese no es el camino correcto: así lo único que consigues es consumir tu tiempo, malgastar tu tiempo. Difícilmente vas a ser más productivo y, seguro, no serás feliz.

En este tema, lo primero que debes entender es que no hay reglas. Es decir, nadie puede decirte cómo emplear tu tiempo. Es algo que solo tú puedes determinar en función de los objetivos que te trazas, de tus capacidades y, claro, de tus límites. También, y de manera especial, de tus intereses, porque la vida no es solo trabajar y trabajar: hay que disfrutar, descansar, compartir con otros.



Yo puedo decirte con exactitud cómo gestiono mi tiempo, pero eso quizás a ti no te sirva. ¿Por qué? Porque tenemos objetivos, capacidades, límites e intereses distintos. Además, desde hace muchos años, por el ejemplo de mis padres y el consejo de mis mentores, desarrollé las habilidades de la disciplina, de la constancia, de la perseverancia, y no sé si tú las poseas.

Tanto, que hubo momentos de mi vida en la que me obsesioné con un logro, con un proyecto, y superé mis límites. Claro, a la postre lo pagué porque, si bien pude conseguir el objetivo, mi cuerpo y mi mente me pasaron factura, o mi familia a la que mantuve al margen. ¿Entiendes? No hay fórmula perfecta, pero sí algo que te ayuda: aprender a decir “no”, a decir “no más”.

En segundo término, debes borrar de tu mente aquella perversa creencia de que si estás ocupado eres más productivo. No es así, casi nunca es así. La productividad se mide en función de los resultados que consigues, no del tiempo que tardas en completar con éxito la tarea prevista. Es algo que nos enseñan, que la sociedad exige, pero que en la realidad carece de sustento.

De hecho, hay estudios serios que indican que la estrategia para conseguir mayor productividad es fijar tiempos límite para cada tarea y cambiar de labor constantemente. Por ejemplo, una hora y media preparando tu embudo de marketing, 45 minutos de escuchar un audiolibro, 45 minutos de ejercicio, una hora y media de receso para alimentarte y descansar, y así sucesivamente.

De esta forma, tu cerebro, y por ende tu cuerpo, se mantiene atento, activo, es más productivo. La clave del éxito en la vida, en cualquier actividad a la que te dediques, radica en el equilibrio. Que, por supuesto, no es perfecto, no es una fórmula exacta, no es 50/50. Es, más bien, un constante, tira y encoge, prueba y error. Algunos días obtendrás mejores resultados que otros.

Ahora, y este es el mensaje que deseo transmitirte en estas líneas, debes aprender algo muy muy importante: no te dediques a vender tu tiempo, sino el valor que estás en capacidad de aportar. Aunque te paguen con todo el oro del mundo, no tiene sentido ocupar todo tu tiempo, porque eso no es vivir. Además, no lo olvides, tienes límites: en algún momento necesitarás detenerte.

Cuando vendes tu tiempo, te lo digo por experiencia, siempre te queda un sinsabor, la idea de que recibiste menos de lo que merecías. Así te hayan pagado bien, una alta suma. O, quizás, te sientes mal porque crees que perdiste un tiempo que bien podrías haber aprovechado mejor en otro asunto, con otra persona. A la corta o a la larga, vender tu tiempo nunca será un buen negocio.

Lo que debes aprender es cómo aportas valor durante el tiempo que les concedes a otros, en el tiempo que dedicas a determinadas labores. Vender tu valor es la forma más rentable de utilizar tu tiempo. Bien sea en la vida o en tu negocio, asegúrate de aprovechar el tiempo del que dispones. No en hacer demasiado, sino en hacerlo bien, en algo que te dé beneficios, que genere bienestar.

O, también, en algo que se traduzca en una ayuda efectiva a otras personas a través de compartir tu conocimiento, tu experiencia. No es mejor un curso de un año que uno de tres meses si este aporta el valor necesario, si le brinda al alumno los aprendizajes necesarios y le da las herramientas que requiere para pasar a la acción y obtener los resultados previstos.

La gestión del tiempo, amigo mío, no es cuestión de cantidad, sino de calidad. Por eso, no lo vendas, sino más bien utilízalo de una manera que no solo te reporte una ganancia económica, sino que redunde también en beneficios, en aprendizaje. Aprovéchalo para vender el valor que puedes transmitir gracias a tu conocimientos y experiencias, dones y talentos, pasión y vocación.