Rendir mejor bajo presión: ¿ventaja o desventaja?

Si sientes que rindes mejor bajo presión, tal vez estés desaprovechando tu potencial. Descubre en qué situaciones esto puede ser una ventaja o un lastre.

¿Fuiste uno de esos alumnos que estudiaba la noche antes del examen o tal vez uno de aquellos que necesitaba supervisión constante para cumplir con sus tareas? Hoy, como adulto, ¿tiendes a postergar la realización de trabajos y proyectos casi hasta la fecha límite? Tal vez sientas que esa tensión añadida es la que te motiva y te hace eficiente. Pero, realmente, ¿es positivo o negativo rendir mejor bajo presión?

La respuesta no es sencilla, ya que depende de diferentes factores. Desde niños nos animan a abordar los proyectos y objetivos con tiempo y calma; sin embargo, muchas personas han comprobado por sí mismas que sin ese estímulo adicional no logran concentrarse y cumplir con sus tareas. Si eres una de ellas, te interesará saber a qué se debe y cuáles son sus consecuencias.

Realmente, sí podemos rendir mejor bajo presión

Lo primero que has de saber es que no son imaginaciones tuyas: probablemente sí rindas mejor cuando enfrentas una cierta presión. Esta puede venir provocada por la falta de tiempo, por la supervisión de un superior o por lo mucho que te juegas en esa actividad o proyecto.

Esta es una realidad bien conocida y contrastada en el ámbito de la psicología, y que quedó plasmada de forma precisa en la famosa ley de Yerkes-Dodson. Dichos autores desarrollaron su teoría a principios del siglo XX y afirmaron que la relación entre la ansiedad y el rendimiento toma la forma de una U invertida; es decir, que cierto grado de activación (física o mental) es beneficiosa, pero si resulta excesiva se vuelve contraproducente.

Lo que ocurre es que ese elemento de presión aporta motivación y nos permite enfocarnos más en la tarea a realizar y ser más cuidadosos y meticulosos. Sin él, podemos sentirnos apáticos y abordar el trabajo con desgana e imprecisión. Sin embargo, si la presión es excesiva, nos sentiremos abrumados y paralizados, y rendiremos por debajo de nuestras posibilidades.

Ahora bien, calcular el grado exacto de activación que necesitamos para un rendimiento óptimo no es sencillo, ya que depende de diferentes variables. Por ejemplo, la personalidad de cada individuo o las características de la tarea: ante una actividad sencilla, que conocemos y dominamos bien, la presión puede actuar como estimulante. Por el contrario, ante un trabajo complejo, desconocido y en el que somos poco hábiles, una ansiedad excesiva puede hacernos fracasar.



¿Qué se esconde tras la necesidad de estar presionado para poder rendir?

Más allá de lo anterior, existen personas que sistemáticamente necesitan y provocan las situaciones de tensión a la hora de encarar un trabajo. Generalmente, lo hacen dejando todo para el último momento y comenzando con la actividad cuando apenas disponen ya de tiempo para abordarla. Esta tendencia, conocida como procrastinación, suele esconder un miedo a no ser capaz de cumplir con la tarea.

Paradójicamente, es propia de personas perfeccionistas: el grado de exigencia que colocan sobre sí mismos hace que la tarea les resulte abrumadora. Así, evitan encararla y postergan indefinidamente el momento de comenzar, enredándose en asuntos y tareas sin importancia, hasta que ya no les queda más remedio que hacerlo.

Puede que ellos sientan que son personas que rinden mejor bajo presión; pero, en realidad, son personas con dificultades para gestionar las emociones negativas que les evoca el proyecto o actividad en cuestión.

Rendir mejor bajo presión: ventaja y desventaja al mismo tiempo

Como hemos dicho, la personalidad es uno de los factores que más influyen en cuanto al grado de activación que podemos soportar antes de que nuestro rendimiento decrezca. Precisamente por ello algunas personas saben rendir mejor bajo presión que otras.

Hoy en día esta es una cualidad muy apreciada y valorada por las empresas, y en la que suelen fijarse los reclutadores en los procesos de selección de personal. Y es que nos habla de la capacidad de sacar adelante un proyecto de forma rápida y eficiente, en situaciones de tensión y sin sentirse desbordado o paralizado.

Ahora bien: una cosa es saber actuar bajo presión y otra necesitar la presión para poder actuar. Si voluntariamente esperas hasta el último minuto para afrontar tus pendientes, si lo haces porque necesitas esa presión para motivarte, estás cayendo en un error.

En dicha situación, lo más probable es que realices un trabajo mediocre; o, al menos, muy por debajo de lo que podrías haber realizado en otras circunstancias. La presión hace que ya no trabajes “para ganar”, sino simplemente” para no perder”. Ya no puedes cuidar los detalles, repasar o añadir nuevas ideas, has de conformarte con simplemente cumplir.

Por esto, si eres una persona que tiende a procrastinar y que no logra motivarse sin esa presión extra, quizá necesites revisar tus dinámicas, tus temores y tu gestión emocional. Al hacerlo, estarás más cerca de poder aprovechar verdaderamente tu potencial.

Elena Sanz.