3 frases tóxicas que jamás deberían brotar de los labios de un líder

No pocos directivos están apalancados en posiciones de liderazgo aun cuando no están pertrechados de las competencias necesarias para inspirar a sus subordinados e interactuar con ellos con un mínimo de destreza.

Ser un líder competente entronca en realidad de manera directa con las palabras que éste escoge (con su esmero) para entablar comunicación con los empleados.

Aunque las acciones hablan más alto que las palabras, lo cierto es que decir lo incorrecto puede tener un efecto absolutamente devastador en el empleado y privarle de encontrarse con la mejor versión de sí mismo en el plano laboral.

Utilizar la autoridad o el estatus para atacar o deshonrar a otra persona que está más abajo en el escalafón laboral socava inevitablemente su moral y su bienestar.

A los labios de un buen líder jamás deberían asomar las venenosas frases que recoge a continuación Inc.:

1. «No necesito tus consejos»

Los jefes tóxicos tienen una incapacidad manifiesta para trabajar en equipo porque no confían en las personas a su cargo, se niegan a delegar en ellas y rechazan de manera sistemática todas sus propuestas y contribuciones.

Para un líder tóxico todo pivota en torno a su poder, que debe necesariamente ejercer para procurar alimento a un ego absolutamente voraz.

Un buen líder busca, en cambio, de manera activa el parecer de sus subordinados cuando se topa de bruces con un problema complejo. Es perfectamente consciente, al fin y al cabo, de que se necesitan varios puntos de vista para determinar con claridad cuál debe ser el curso de acción a seguir.



2. «No soy responsable»

Los jefes tóxicos se sacuden responsabilidades de encima y estar siempre prestos a endilgar la culpa a cualquier otra persona de su equipo con tal de protegerse a sí mismos. Todo lo contrario a los buenos líderes, que dejan aparcado su ego a un lado y no tienen prurito alguno en reconocer públicamente sus errores.

Cuando los jefes cargan sobre los hombros con las responsabilidades que les tocan en cada momento y admiten sus equivocaciones, saben que así se ganan en último término la confianza de sus empleados.

Un jefe que comete errores y los reconoce públicamente crea además una atmósfera segura que lleva a sus subordinados a sacudirse a escobazos el miedo a la hora de asumir riesgos y hacerse cargo de sus propias equivocaciones si las cosas finalmente se tuercen.

3. «Nada está mal»

Los empleados no son estúpidos en modo alguno. Y saben cuándo la empresa que les tiene en nómina está atravesando dificultades y cuándo sus directos superiores no dicen del todo la verdad y se parapetan tras la socorrida frase de «todo está bien» (cuando la empresa en realidad arde en llamas).

Un buen jefe no oculta la situación real de la empresa que dirige a sus trabajadores, en particular si esa situación repercute de manera directa en su trabajo, en su sustento y en sus clientes.

Vía: Marketing Directo

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